Introducción
El
presente blog es parte de las estrategias de aprendizaje de la materia de Políticas
Educativas de la Maestría en Pedagogía, coordinados por la Doctora María
del Carmen Molina Vázquez en el plantel Niños Héroes del CESCIJUC.
Además
el presente blog nos ayudará a plantear la manera en que las políticas
educativas implementadas en el sexenio del Lic. Carlos Salinas de Gortari
en el periodo comprendido de 1993 a 1998, sus repercusiones que se
tienen en la actualidad y las bases que se dejaron sentadas para las reformas
que se están viviendo en el momento presente.
Desarrollo
Continuando y reforzando el cambio de rumbo
comenzado por Miguel de la Madrid, las tendencias modernizadoras llegaron a un punto culminante en la presidencia
de Carlos Salinas (1988-1994). El término modernización se volvió central en el discurso y en las
políticas, con dos vertientes: por una parte, el distanciamiento respecto a las
posturas postrevolucionarias, especialmente en la versión predominante en los sexenios
de Echeverría y López Portillo, considerados populistas e ineficientes; por
otra, el deseo de incorporar a México al grupo de países altamente desarrollados.
Ambas vertientes coincidían en orientar la política en dirección de la reducción del peso del Estado en la economía, incrementando en cambio el papel del mercado, coincidiendo con las tendencias de Reagan y Thatcher dominantes en la época. En el marco de las nuevas ideas sobre la sociedad del conocimiento y de la importancia de basar la competitividad no en el bajo precio de las materias primas y de la mano de obra, sino en una mayor productividad gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, la modernización del país incluía, como componente fundamental, la del sistema educativo.
Las políticas del Programa de
Modernización de la Educación 1989-1994 aplicaban las ideas generales sobre modernización al terreno educativo
en nueve capítulos, relativos a la educación básica, la formación de docentes,
la educación de adultos, la capacitación para el trabajo, la educación media
superior; la educación superior, el postgrado y la investigación; los sistemas
abiertos, la evaluación, y los inmuebles educativos.
En el sexenio de Salinas se dieron avances reales:
la obligatoriedad de la enseñanza secundaria, nuevos planes de estudio y nuevos
libros de texto, así como la nueva Ley General de Educación y las reformas del Art.
3° de la Constitución. De especial trascendencia potencial fueron los avances en
la descentralización educativa: en mayo de 1992, con Ernesto Zedillo al frente
de la SEP, se logró el consenso necesario para que los 31 gobernadores de los
estados de la República y el poderoso Sindicato Nacional de Trabajadores de la
Educación (SNTE) firmaran con el gobierno federal el Acuerdo Nacional para
la Modernización de la Educación.
Básica y Normal (ANMEB), con cuya base el gobierno
federal transfirió a los estados el manejo y control de sus respectivos
sistemas educativos en los niveles de educación básica y normal. Pese a estos avances,
es cierto que las políticas educativas del sexenio salinista no resolvieron los
viejos problemas educativos, como los de calidad y equidad; los defectos
estructurales del sistema, en especial la imbricación del sindicato y las
autoridades en la toma de decisiones, siguieron intactos.
Señalar las limitaciones de las políticas del
sexenio 89-94 no implica compartir las críticas que las descalifican de manera
absoluta como neoliberales; contra la idea de que se pretendía privatizar la educación,
el sexenio salinista aprovechó la espectacular recuperación económica de la
primera mitad de los 90 para incrementar en forma notable la cantidad de
recursos públicos destinados a la educación, sobre todo mediante una importante
recuperación de los salarios del magisterio.
El gasto público en educación llegó, en 1994, a
5.7% del PIB, frente al 3.56% de 1989 (SEP, 1996: 165).
En el mismo sentido, conviene recordar también que
al día siguiente de la firma del Acuerdo para la Modernización, en mayo de 1992,
Carlos Salinas anunció el inicio de un importante programa compensatorio, que
fue seguido después por otros similares: el Programa de Apoyo al Rezago
Escolar. El PARE fue financiado con recursos del Banco Mundial y estuvo
dirigido a los cuatro estados más pobres del país, en una clara señal de que la
descentralización no implicaba abandonar a su suerte a las entidades más
pobres, y de que la modernización, criticada frecuentemente con la etiqueta de
neoliberal, no era en realidad incompatible con una preocupación por la
equidad, valor que en la Ley General de Educación de 1993 ocupó un lugar
destacado, sin precedentes en la legislación educativa nacional.





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